Globalización

Cesar Campos R

Me encuentro desde ayer en Marruecos para participar en un simposio denominado “Después de la globalización, ¿qué sigue?” organizado la fundación Assilah Forum que conduce el exministro de Asuntos Exteriores Mohamed Benaïssa, ahora alcalde de la ciudad donde se desarrolla la cita.

Assilah es un hermoso balneario ubicado en la costa atlántica marroquí que –como toda zona adyacente al mar– tiene una historia trajinada de conquistas, invasiones e influencias, reflejada en murallas medioevales construidas por los portugueses. Benaïssa se ha encargado de otorgarle una identidad ligada a grandes actividades académicas y culturales, sobre todo durante los meses de verano cuando arriban los turistas.

Resulta interesante el tema planteado y su proyección futurista. Nada vale inaugurar eras si no visualizamos su porvenir, las consecuencias prácticas de su implementación. Y globalizar, o “mundializar” como lo llaman otros, no ha sido precisamente solo una expresión de voluntad sino de necesidad.

Porque quienes abrazan el concepto desde la perspectiva de los afanes imperiales de las potencias y hasta hacen su historia centrando el origen en la llegada de Cristobal Colón a nuestras tierras el año 1492, equivocan los circuitos y las definiciones. La globalización fue imponderable por las dos sangrientas guerras mundiales que padecimos el siglo pasado y por el avance tecnológico que no solo colocaba la amenaza de una nueva conflagración en el centro mismo de las posibilidades, sino también iba integrando la comunicación social de los pueblos.

Podrán lanzarse toda clase de denuestos contra las Naciones Unidas pero ella –a diferencia de la Liga de Naciones de 1919, formada para satisfacer los designios de quienes ganaron la guerra contra Alemania y terminaron creando por ‘default’ a un monstruo como Adolfo Hitler– ha sido dique del escalamiento de tantos otros conflictos que la naturaleza humana nunca terminará de generarlos. Y el acercamiento económico a través de la conformación de bloques o el diseño de tratados comerciales con arancel cero para el intercambio de bienes y servicios, han sido tremendamente positivos, mal les pese a los agoreros del infortunio.

Cómo no van a serlos si, por ejemplo, han logrado que nuestra agroexportación procure pleno empleo en La Libertad e Ica. Y que compatriotas del Ande y la selva hallen oportunidades en esas regiones. Cómo no van a serlo si –por la dinámica del comercio y la valoración de nuestros productos– los antiguos centros de poder de Estados Unidos y Europa quieren revisarlos ahora, contradiciendo los principios de libertad económica que antes pregonaban.

De eso se trata: nos toca defender la globalización (con hartas correcciones de por medio) no solo por inevitable sino porque garantiza exponer al mundo lo mejor que tenemos.

Fuente/ Expreso

 

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